El mal trago de la endoscopia

Hoy he tenido un día un poco más difícil que otros, y es que pese a ajustarme correctamente a las raciones hoy al mediodía he estado a punto de vomitar. Y es que tras la gastrectomía sleeve o tubular la capacidad del estómago está limitada. Además se carece del fundus, la parte del estómago donde se aloja el aire, por lo que al comer, en ocasiones, tengo que parar para expulsar pequeñas cantidades de aire. Hoy el aire ha sido mayor pese a que la ración era la misma: medio bol de puré de verduras o una de sus variantes y 40 gr de pollo, pavo o pescado que puedo sustituir por un huevo duro.

Pasar ese mal rato me ha recordado al primer “mal trago” que pasé desde que decidí operarme, y al contrario de lo que muchos podrían pensar no fue ni un enfrentamiento con la báscula ni una visita al médico. Fue la endoscopia, en  este caso una esofagogastroscopia.

La gastroscopia (que significa mirar el estómago) es necesaria antes de una cirugía bariátrica por dos motivos: valorar que la anatomía y fisiología del esófago, estómago y primeras porciones duodenales sea la correcta y tomar biopsias para comprobar la presencia de Helicobacter Pylori, bacteria que habita en nuestro estómago y que está relacionada con las úlceras y las gastritis.

Llegué a la clínica a la hora indicada y con los deberes hechos: ayunas de como mínimo 9 horas, sin ni siquiera beber agua. Entré con retraso al área quirúrgica y me pasaron a un vestuario donde me desnudé y me puse una de esas batas “que dejan el culo al aire”. Tras otro rato de espera en el que pasé algo de frío, ya que los quirófanos suelen ser lugares fríos, me pasaron a la sala.

Tras las preguntas de rigor (alergias, hábitos, etc) me anestesiaron la garganta con lidocaína y me hicieron morder una especie de donut. Luego, una vez acostado de lado, en posición fetal, me metieron el tubo. A veces hace falta tragar, pero no fue mi caso. Entró hacia adentro y la reacción de mi cuerpo fue instintiva: vomitar. Pero como había cumplido a rajatabla las ayunas no había problemas y el tubo avanzaba imparable hacia la segunda porción de mi duodeno.

Mientras tanto, mi mayor problema estaba más arriba, concretamente en la faringe. Las instrucciones eran claras: respirar lentamente por la nariz. Pero con la boca abierta el aire me entraba por ahí. Además, a cada rato me venían arcadas y mi garganta chocaba con el tubo que por fin llegó a su destino.

En ese momento me acordé de cierta frase que suelen emplear algunos de mis amigos para cuando las cosas van mal, y no es otra que “es fácil entrar, pero uy lo jodido que es salir”. Así como la entrada fue rápida, la salida fue lenta. La doctora (creo que hasta ahora no la había mencionado) se iba parando a cada poco para introducir el instrumental a través del propio tubo e ir sacando muestras para enviar al servicio de Anatomía Patológica, que es donde se hacen las pruebas que antes he citado.

Por fín llegó el momento de la salida. Junto con el tubo salió parte de líquido, posiblemente el que introducen con el propio endoscopio. Tuve que escupirlo todo. Tras un par de minutos tumbado, me incorporé, fui al vestuario, me vestí y salí por mi propio pie. Tres cuartos de hora después una perdiz escabechada me quitó un hambre canina, aunque tuve la garganta dolorida hasta el día siguiente.

JR

1 comment so far

  1. axelko on

    en estos días me toca pasar por esa experiencia y creo que sera peor que la tuya ya que sera en un hospital publico dios me entregue una buena noticia al final del día para mi la endoscopia no es lo que me perturba si no el resultado….


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