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Mi nueva relación con… los restaurantes

Donosti. Capital mundial de la gastronomía. Lo digo porque soy donostiarra orgulloso de serlo y amante de la buena mesa, la buena cocina, cocinar para los amigos y disfrutar con ello. Ahora bien, ¿qué hace un donostiarra sin estómago? ¿Cómo se las apaña entre tanta tentación, entre tantos buenos restaurantes, entre tantas recetas sabrosas? Pues con unos sencillos trucos que he ido desarrollando a lo largo de este año y pico y que quiero compartir con vosotr@s.

Primero hablaré de los restaurantes, y más adelante, en dos post más, os hablaré de tres tradiciones vascas: las sociedades gastronómicas, las sidrerías y los pintxos.

 

Cocinero "anónimo" vasco, como reza un cartel en un conocido bar de la Parte Vieja donostiarra.

 

Bien, en primer lugar os tengo que dar una pequeña clave. Con un estómago reducido, sin fundus, no tengo lugar para alojar los aires. Por eso en una comida, si quiero que sea amena, tengo que huir de ellos, de bebidas gaseosas o de las legumbres como entrante si voy a comer dos platos. Otra de las claves es que tengo que beber antes o media hora después de las comidas, no debería hacerlo durante, aunque esto puede cambiar según el ritmo de la comida.

Habitualmente suelo comer un plato único. Fue el consejo de mi dietista, y así lo mantengo. Me gusta comer de todo, y si toca un “primero” comeré sólo el primero y si toca “segundo”, el segundo. Así hago en casa. Pero en los restaurantes cambia la cosa.

Generalmente, cuando voy a un restaurante es en familia, y la dinámica suele ser la misma: unos entrantes, compartiendo algunos primeros platos, un segundo plato para cada uno y el postre, además de vino blanco y café. No ha variado mucho, la verdad. Pero sí que ha cambiado mi forma de afrontar la comida. Sigo disfrutando, pero de otra manera.

Antes, cuando era un tío con estómago, me dejaba llevar. Siempre sugería algún entrante “atípico” o que llenase bien, y a la hora del segundo plato siempre repasaba toda la carta, pero mis ojos se iban irremediablemente al apartado “carnes” y con preferencia hacia todo aquello que acabase en “-cot”, “-illo” u “-ón” salvo que hubiese caza, cochinillo o cordero y el sitio tuviese fama de cocinarlo bien. Era raro que pidiese un pesado, salvo en restaurantes de puerto de mar. Acto seguido, buscaba los vinos. Un blanco para todos y una botella de 3/8 de un buen tinto para empujar la tajada de carne, o quizá al revés. Por supuesto, postre y café.

Ahora disfruto de otra manera. En los entrantes me dejo llevar. Como poco, disfrutando cada bocado, saboreando el trabajo del tipo que, entre fogones y cacerolas, curra para que yo disfrute. Valorando su trabajo. Y a la hora de la carta miro más el apartado de los pescados o la carne blanca. Procuro que sea una comida limpia, de buen sabor. Pescado generalmente. Y lo disfruto muchísimo por dos motivos: el primero porque comiendo poco he aprendido a saborear en lugar de a engullir, y el segundo porque una comida suave se digiere mejor, estaré más cómodo en la mesa, no tendré pesadez de estómago y la experiencia resultará mejor.

Me llegó a pasar, hará poco menos de un año, en una de las primeras veces que comí fuera, tener náuseas e incluso llegar a vomitar estando en un restaurante. En el baño, por supuesto. No es nada agradable. Y una comida tiene que ser agradable. Juan Mari Arzak, gran chef donostiarra, dice que no recuerda ninguna comida en la que no haya disfrutado. Tiene toda la razón.

Por último, dos detalles más. Uno es saber alternar correctamente la ingesta sólida y la líquida. Si bebo muy seguido después de comer el estómago se me revuelve. Afortunadamente en los restaurantes hay momentos de pausa, que aprovecho para disfrutar de mi copa de vino. La segunda es el postre. Suelo tomarlo, pero procuro que sea algo ligero, generalmente lácteo, o un helado, que me sienta bien. Con un café, una experiencia perfecta.

Si estáis con dudas sobre las operaciones de cirugía bariátrica, espero que este post y los que vendrán sobre este tema os sean útiles. Se puede comer fuera estando operado. Y si en algún momento os encontráis mal y tenéis que dejar el plato a medias os preguntarán si no os gusta. Basta con contestar la realidad, que estáis operados del estómago. No es ningún estigma.

JR

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El pívot que no podía dejar de comer

El pasado día 20 conocí a Troy “Escalade” Jackson. Lo conocí porque falleció y fue una de las noticias del día en webs de baloncesto. En seguida, los medios nacionales se hicieron eco de ella y le buscaron el lado más sensacionalista, llegando a leer el título de este post en los medios de Vocento como El Diario Vasco.

“Escalade” recibió ese mote por un modelo de Cadillac, y llegó a pesar 250 kilos con 208 cm de estatura. Un IMC de casi 60, y pensar que yo con un IMC de 53 me sentía lento. Pero tenía un talento natural para el baloncesto y estuvo a punto de conseguirlo, llegando a bajar 90 kilos. Pero no pudo ser y como dicen los medios frívolamente “no podía parar de comer hamburguesas”.

Realmente es muy difícil dejar de comer a base de “cremallera”. La gente tiene esa idea de que la persona obesa lo es por vicio, porque come demasiado y no es capaz de limitarse, porque se deja arrastrar a la gula sin poner remedio, porque no es una persona virtuosa, capaz de encontrar ese punto de equilibro entre una ingesta excesiva o una anorexia.

Pero la realidad es muy diferente. En el caso de “Escalade” veo dos vertientes. Por un lado las dietas y el “efecto rebote” que puede haber tras acostumbrar al cuerpo a un régimen escasísimo. Por otro, me planteo si “Escalade” debería haberse sometido a una cirugía bariátrica y poder ser una estrella del “streetball” y un ejemplo a seguir para mucha gente. Ya os he contado que la decisión de la cirugía es siempre difícil y que no gusta, que a muchos la idea de comer menos no les atrae, que creen que van a pasar hambre, o un calvario enorme… y también está el miedo a que pese a la cirugía se fracase, porque se puede fracasar saboteándose uno mismo la dieta.

No es así, al menos en mi caso. Sí que me han hablado de gente que ha subido de peso tras un tiempo, incluso conozco algún caso. Pero nunca es una vuelta atrás al 100% o un “rebote” como suele pasar en las dietas. Se que me puede pasar, pero hasta ahora, mi pérdida, mis 97 kilos que a muchísima gente sorprenden, han sido relativamente fáciles y sin pasar hambre, complementados cuando he podido con deporte.

La cirugía es una decisión personal y difícil. A los que leéis el blog y estáis con dudas os animaría a hacerlo, o al menos a consultar con profesionales, que estudien vuestro caso particular y os aconsejen. Adelgazar es posible. Yo, si no me hubiese animado, iba camino de ser como “Escalade”, pero sin esa habilidad para el baloncesto. Descanse en paz.

JR

Y el blog también cumple años

https://perdiendokilos.wordpress.com/2009/12/01/perdiendo-kilos/

 

Aquella fue mi primera entrada. Un año después aquí estoy. Pesando menos, con algo de sobrepeso todavía pero perfectamente feliz. Me siento mejor que nunca y todo es gracias a la cirugía.

Hoy he salido de compras por mi barrio. Hacía tiempo que no lo hacía, y la verdad es que ha sido un subidón. En la carnicería, en la charcutería y en la tienda de café (que no todo va a ser Nespresso, el café recién tostado y molido cerca de casa es un lujazo) me han piropeado a base de bien, alabando mi cambio, que en algún caso no sabían que era gracias a la cirugía, y también el que hizo mi hermano hace unos años a base de dieta y fuerza de voluntad.

Me siento bien.

JR

Primer aniversario

 

Publico este post hoy, 25 de Noviembre de 2010 a las 16 horas porque se cumple exactamente un año de mi operación. A esta misma hora ya estaba anestesiado y el cirujano inflaba mi abdomen e introducía el instrumental del laparoscopia para seccionar gran parte de mi estómago y dejarme un pequeño tubo. Un año y 88 kilos menos, pronto 89, quiero hacer memoria de aquel día.

Recuerdo que madrugué mucho. Era importante, porque la última ingesta tanto de comida como de agua tenía que ser 8 horas antes de la operación, a las 8 de la mañana. Así que a las siete y pico, recién abierto el buffet del hotel, allí estaba yo, con mis 186 kilos y dispuesto a darle a mi estómago la despedida que se merecía. Recuerdo huevos revueltos, bacon, tostada con mantequilla, embutidos, algo de fruta, unos mini sanwiches que había preparados, una mini napolitana de chocolate, cereales, zumo de naranja natural y café. ¿Cantidades? No sabría decirlas con exactitud, pero recuerdo estar “bien servido”.

Después, vuelta a la habitación. Había que descansar. Creo que pude dormir hora y media más, aunque no lo recuerdo bien. Lo que sí recuerdo fue la ducha. Muy esmerada y escrupulosa, para entrar bien limpio a quirófano. Ropa limpia, maleta cerrada y taxi. A la clínica Quirón de Barcelona. Ya conocía el camino exacto, porque el día anterior lo había hecho para ir al banco de sangre a reservar dos concentrados de hematíes por si eran necesarios.

Ya en la clínica, y una vez acomodado, vino una enfermera. Lo primero, toma de constantes. Después, una auxiliar me entregó tres prendas: una bata “de enfermo”, de esas que se atan por detrás, unas medias de compresión para las piernas y un slip deshechable. Me vestí con aquello y empezaron los problemas: las medias se bajaban y el slip no me cabía. ¡Pero si iba a una cirugía bariátrica! ¿Cómo era posible que no lo tuviesen previsto?

Pero daba igual, según la auxiliar. No había pegas. Me pidió que me tumbase en la cama y me rasuró la tripa, de costillas hacia abajo. Era una sensación extraña, ya que siempre he tenido ese pelo. Luego, una ducha y vuelta a la cama, esta vez sobre un protector estéril. Me pintaron el abdomen con povidona yodada (Betadine®) y me cubrieron con otro protector. Tenía la sensación de ser una salchicha gigante, bañada en salsa picante y metida entre dos rebanadas de pan de molde.

Tres y media. Despedida de mi madre. Llegaba el camillero. Me puso en la camilla, que por lo que vi era la propia mesa de operaciones, y para abajo envuelto en los protectores, con el camisón de enfermo y una sábana. Las medias se desenrollaban y el slip se había quedado en mi habitación. Además, no llevaba las gafas (soy miope y tengo astigmatismo). Hizo algún comentario de fútbol, no lo se pero es posible que por aquellas fechas se jugase también el Barça – Madrid, aunque mi mente estaba más en los partidos de la Real Sociedad contra el Betis y contra el Real Unión. Hasta en aquel comentario salió el realista que hay en mi interior. Me pasaron a la zona quirúrgica a través de un ventanuco, con un sistema que quitaba las ruedas a la mesa de operaciones y la colocaba sobre otras ruedas con ayuda de unos raíles, algo muy ingenioso. Y a esperar.

Digo esperar porque ¡estaban limpiando el quirófano! “Bien – pensé – al menos estará limpio y desinfectado” y llegó el anestesista con su enfermera. Me dio algo de conversación para amenizar la espera. Le pedí que me pusiese la vía en la mano izquierda y no en el codo, más que nada por comodidad, y me hizo caso. Aunque a cambio, me dijo que me iba a intubar despierto. Así, como suena. Iba a estar consciente, despierto y con un tubo metido por la laringe hasta la tráquea, algo que sólo hacen a gente inconsciente o ya anestesiada. Una nueva experiencia, a la altura de la endoscopia.

Por fin pasé al quirófano. Recuerdo los electrodos, la mascarilla de oxígeno, el pulsioxímetro y el ruido característico del monitor de constantes. También que el anestesista pidió que me quitasen las medias, y que me iban poniendo sueros y algún calmante intravenoso, supongo que una benzodiacepina. “Te vas a sentir como cuando te tomas unos zuritos” me dijo. Ya sabía que era de Donosti, y conocía nuestra tradición del “poteo”, los “txikitos” de vino y los “zuritos” de cerveza. Y es verdad, porque me noté un poquito mareado.

Lo siguiente fue lo peor. Anestesia tópica en la garganta, introductor, abrir la boca… y el tubo hasta la tráquea. Un mal rato de náuseas, hasta que vi que retiraban todo y que de mi boca salía el tubo. Es, quizá, la imagen más impactante que he tenido de mí mismo, mirar hacia abajo y ver que de mi boca salía el tubo, y que no podía morderlo porque tenía una goma con forma de donut alrededor. En ese momento vi pasar una jeringa con un líquido blanco lechoso: el Propofol. Le dije adiós con la mano al anestesista…

Por lo que me han contado, no llegaban a ser las 17 horas cuando abrí los ojos. Estaba mareado, algo dolorido, y vi dos ojos claros, los ojos del Dr de Lacy, que me daban la bienvenida al mundo de nuevo. No se qué se siente al nacer, pero si fuésemos conscientes del momento creo que la sensación sería la que tuve yo en ese momento, con la diferencia de que allí no estaba mi madre. Pude intuir una sonrisa debajo de la mascarilla (barbijo para mis lectores argentinos) y unas palabras tranquilizadoras “Ha sido rápido y ha ido todo muy bien”. Me pasaron a la cama. Era un peso muerto, nunca mejor dicho.

Me llevaron a la sala de despertar, y ahí empezó lo malo de verdad. Me fui dando cuenta de cómo estaba. Lo primero que hice fue tocarme el pene. No penséis mal: tenía miedo a que me hubiesen sondado, y para mi alivio no era así. Luego, algo en el ombligo. Era algo de plástico, redondo. “Un drenaje” pensé, y acerté. Más tarde me di cuenta de que salía de mi costado izquierdo. Además, había algo en mis piernas: unas medias extrínsecas, con un sistema de compresión gradual, que me hacía un masaje contínuo para evitar cualquier problema de trombosis. Además, llevaba un brazalete para tomar la tensión, el pulsioxímetro y las gafas para el oxígeno.

El anestesista me dio una orden bien clara: ventilar bien los pulmones. Ahí estaba yo, mareado, dolorido y haciendo esfuerzos por expandir el tórax. A ratos me podía la anestesia y me quedaba frito. Pero me habían colocado al lado de la puerta. Era el único en la sala, pero cada vez que acababa una operación venía otro paciente, y armaban todo el jaleo junto a mi cama. Para colmo, no estaba claro si iba a pasar la noche ahí o si me iban a ver bien y subiría a dormir a planta. Estaba estresado. Pedí un calmante, y cuando me lo pusieron noté nauseas. Me vino una arcada, se contrajo mi abdomen y el dolor de todos los puntos, externos e internos, fue de lo peor de mi vida. Por suerte me pusieron otro fármaco y pude dormir más…

Creo que eran las ocho de la tarde, ya de noche, cuando me subieron a planta. Por la cristalera del pasillo vi el Tibidabo, la cama giró y entré en la habitación. Según mi madre soy muy mal enfermo. Estaba furioso, y no le falta razón cuando lo dice. Fueron cuatro horas malas, desde la intubación hasta la llegada a la habitación.

En aquel momento no era consciente todavía, ya que hasta la tarde siguiente no empecé a probar los líquidos, pero ya no tenía estómago. No podía hacer lo que había hecho hacía doce horas, y no podría volver a hacerlo nunca. El gran problema, mi gran problema, mi capacidad estomacal, había desaparecido gracias a una sencilla operación. Estaba confuso, rabioso e incómodo no por la cirugía en sí, sino por todo lo que la había rodeado, pero un año después todo queda lejano y ha merecido la pena.

Un año después, aquí estoy. Como nuevo. Feliz y contento.

JR

PD: Quiero dedicarle esta entrada a mi madre. Sin ella, nada de esto habría sido posible. Eskerrik asko Amatxo.

PPD: Pronto, una foto mía, del antes y el después.

Ve su imagen el Google Street View y decide cambiar radicalmente

 

Leo en la web de GIZMODO, que siempre nos informa sobre tecnología (increíble el destripamiento del iPhone 4), esta curiosa noticia. Resulta que Bob Mewse, ciudadano de Bristol, Reino Unido, se vio a sí mismo en la aplicación Street View de Google. Es la foto que podéis ver arriba.

Dice el post que decidió perder peso, y bajó desde los 130 hasta los 90 kilos. Ha desaparecido su hipertensión, no le duele la espalda y sigue una dieta y un programa de un entrenador personal. Acaban diciendo que ahora va con un cartel en el que se puede leer “AFTER” (después) buscando el cochecito de marras…

Esto último no se si será cierto o no (no hay fotos del antes y el después, pero supongo que las habrá), pero me ha hecho reflexionar acerca de la AUTOIMAGEN CORPORAL. ¿Cómo nos vemos a nosotros mismos?

Yo siempre me he visto gordo. Toda mi vida. Sólo ahora, cuando estoy vestido delante del espejo y veo que puedo llevar la camisa metida por dentro del pantalón porque hay muy poco que disimular, me veo delgado. Porque todavía tengo piel colgante, que va volviendo a su ser muy poco a poco, pero que tumbado de lado o desnudo me hace recordar la gran “kupela”, como la llamamos los vascos, aunque sólo quede una parte testimonial de lo que fue.

La Autoimagen es muy importante. No en vano, trastornos de la conducta alimentaria suelen estar asociados con una falsa autoimagen. Esa autoimagen se ve influenciada por nuestra personalidad previa, pero también por cánones sociales, comentarios de nuestras amistades o nuestras propias vivencias con nuestros kilos de más o de menos.

Es muy importante sentirse bien con uno mismo, tanto si se siente gordo como si no, aceptarse y a partir de ahí empezar el tratamiento si es que lo necesita. Sólo así se consigue una pérdida de peso natural (con o sin cirugía) y evitamos patologías.

Volviendo al caso del artículo, fue muy bueno para Bob verse en Street View. No se vio a sí mismo en un espejo, ni en una foto. Se vio como los demás le ven a él y ayudó a que estructurase correctamente su imagen corporal. De ahí la decisión y la fuerza de voluntad para perder 40 kilos.

JR

 

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